La dueña de la casa me dijo que se acostumbró a la selva. Que al principio todo le daba cierta preocupación, que no faltaron algunos sustos, como cuando una colonia de murciélagos se instaló detrás de un cuadro que decoraba la casa. También me relató otras situaciones peores. En mi visión completamente analfabeta sobre este ecosistema de vida dinamita, finjo que no me sorprendo. «Esto es la selva, es así y hay que acostumbrarse, no queda otra» me insiste en tono de inmunidad adquirida cuando le cuento que esa misma mañana, una araña enorme estaba quieta en una pared del baño.
Hace días llevo «en secreto» mi vida en este lugar. Secreto es no contar detalles en redes sociales. O publicar este texto largo en tiempos donde publicar más de un párrafo en cualquier soporte es apostar a tener el mismo alcance que al autocensurarse.

Mientras escribo, un aguacero intenta doblegar el techo y me aturde. Se está desarrollando una tormenta tropical y el pronóstico asegura vientos crecientes y lluvias de hasta doscientos milímetros. Es la naturaleza desatada que buscaba. Mi resguardo es una casa tradicional con techo de chapa de Costa Rica. El frente da a una calle de tierra con varias viviendas y hostales. A ambos costados hay casas en las que vive gente, y hacia el fondo hay un alambrado que marca el límite civilizado. Del otro lado hay selva, y crecen árboles gigantes donde aullan monos que marcan el territorio de madrugada. En el día sobrevuelan guacamayos rojos. Estoy en un pueblo apartado en el extremo de la península de Nicoya junto a la selva que termina en una playa que mira al Pacífico.
Cuando me postulé para cuidar esta casa con el sistema house-sitting en Costa Rica, pensé en cumplir un sueño pendiente con este país. House-sitting es una red que funciona a través de una web donde anfitriones que se van de viaje un tiempo largo solicitan un cuidador voluntario para su casa y mascotas.
Ante el anuncio sobre Cabuya, me digno a Googlear ya que no sabía nada de este lugar. Es uno de esos sitios que ni conocen los propios habitantes del país. Y tiene sentido, es un pueblo extendido al costado de una ruta que muere en una reserva natural. Lo que significa que todo el que viene, tiene algún motivo para llegar, caso contrario, no sabrá nunca de su existencia ni le quedará de paso. Es un lugar donde hay turismo de naturaleza, con atractivos como el río Lajas que en temporada de lluvia es un paraíso cristalino, o las olas para los amantes del surf. Después de días caigo en la cuenta que Lajas, una de las perras que cuido, lleva ese nombre en honor al río. Resérvense las conclusiones de mi demora deductiva. La otra perra, más menuda y tímida, se llama Lupe (Lupita).
Llegar hasta aquí fue un largo itinerario, no solo por avión hasta Costa Rica. Continua con un tramo largo que incluye un mini bus, un ferry, un shuttle (o combi) y un taxi hasta el punto final. La bienvenida es una camino con partes de ripio que bordea el mar. Lo curioso es que el mar parece oculto entre la selva. Y que el camino es un túnel entre árboles gigantes. También es un piso de cangrejos que en días siguientes iré esquivando en mis paseos con la bicicleta para no aplastarlos (tal vez mi llegada coincidió con la temporada en que nacen los cangrejos, que en días siguientes se desvanecieron en cantidad).

Una casa rancho en Costa Rica.
Estaré casi dos meses en esta casa con historia y un formato de diseño muy singular, algo así como la casa rancho de Costa Rica (y tal vez de varias zonas de centroamérica). No es un detalle menor de mi estadía así que la voy a describir bien. Las casas tradicionales rurales de fines del siglo XIX y principios del siglo XX en esta región eran una adaptación tropical de la casa victoriana. Se construían en madera, con un techo a dos aguas y un dormitorio en el primer piso. La parte de abajo es una planta libre y abierta. Eso significa que no hay paredes ni ventanas, y a excepción del baño, literalmente nada separa del espacio exterior.
Todo tiene un sentido: mientras que el dormitorio en la parte alta está cerrado y protegido de la fauna, de la humedad, e incluso de las inundaciones, la parte de abajo tiene la cocina, el baño, y el área de comedor. Hay que pensar que en esa época se utilizaban cocinas a leña encendidas desde la mañana hasta la hora de dormir. El olor a humo espantaba insectos, serpientes, y jejenes. También se mantenía más ventilado y más fresco. Imagino que están pensando que sucedía con las arañas, los sapos, lagartijas. Todas esas hermandades eran bienvenidas para controlar los insectos molestos. No se luchaba contra la naturaleza, se convivía con ella del mejor modo posible.
Mi anfitriona es de California, y me cuenta que después de vivir en varios países y lugares, incluyendo Hawaii, hace unos cuatro años eligió hacer base en este pueblo. Pero no fue una elección sencilla: estuvo un año recorriendo distintos puntos de Costa Rica para tomar la decisión, una búsqueda quirúrgica.
En los primeros días de mi estadía en su casa convivo con ella, y le hago notar que en mis experiencias house-sitting por el mundo observo que las casas que me postulo son «el lugar en el mundo de alguien». Siempre recuerdo aquella familia con una casa rural en Nueva Zelanda, o una casa de retiro para una pareja de jubilados cerca de las montañas en los Pirineos. O en este caso, una mujer buscando su vida soñada en una casa separada de la selva por una alambrada en el fondo del terreno y con playas y olas para surfear. Para cada uno de ellos, es el lugar perfecto.
Leo que «la vida no es algo que se deba proteger entre algodones», algo que dijo alguna vez el artista y cantante argentino Indio Solari. En pocas jornadas compruebo que por decisión de su nueva dueña, esta casa restaurada sigue abierta sin divisiones, no tiene esos algodones. Me mostró algunas fotos de su estado al momento de restaurarla, y reveló que pertenecía a una familia del lugar. Quiso conservarla de modo que la reforma no alterara esa esencia. Eso implica que su sala de estar y cocina en planta abaja continúan abiertas sin paredes, y conectadas con un hermoso jardín tropical que rodea la casa.
«En esta región no hay víboras venenosas», me dice para tranquilizarme. Y para convencerme, pienso que en la Pampa argentina hay yararás (no hace falta tanta selva), en la Patagonia tormentas inesperadas (tengo otra historia de riesgo natural sobre ese episodio), en algunos senderos pumas, en un crucero con turistas europeos, un brote de hantavirus. No es consuelo claro, es paralelismo consuelo, con cierto cinismo. Y también recuerdo que en el mundo el ser vivo que causa más muertes humanas es el mosquito. Dato mata psicosis de selva. Mi mejor arma defensiva en la naturaleza no es un fusil sino un repelente en crema untado en mis talones, que a saber para los mosquitos, son exquisitos.
Después de miles de indicaciones para cuidar la casa, tanto como a Lajas y Lupi, un día al mediodía ella se marcha. Caigo en la cuenta que estoy completamente solo en un pueblo que no sabía que existía, rodeado de selva. Siento un maridaje de preocupación y angustia en mi espíritu aventurero. O una enorme responsabilidad, algo que nunca cambia a pesar de mis experiencias con este sistema. ¿Y ahora que hago en este lugar lleno de ogros encantadores y hadas diabólicas?. Como respuesta escucho el sonido del oleaje del mar cuando el viento sopla desde la costa selvática. Me recuerdo que hay genealogías completas que conviven desde hace par de siglos con la dichosa naturaleza dinamita. Otro dato no menor, es una de las regiones del planeta con mayor densidad de gente longeva. De hecho está catalogada como una de las cinco zonas azules de longevidad.



Luego de unos días solo, conformando este inusual trío de argentino con dos perritas ticas, muchas veces dudo de tal decisión (la de conservar la casa abierta). Sobre todo porque ya no se usan cocinas que hacen olor a humo y que espantan la fauna y los insectos. Estoy en una casa donde paso la mayor parte del día en un espacio por el que han volado murciélagos, polillas gigantes, pájaros. También entraron sapos, cangrejos, ni que decir de arañas, así como inevitable convivir con pequeños reptiles, o cantidad de insectos. Con los días, voy perdiendo mi reacción de pánico citadino ante la abundancia de pequeños «monstruos» reales y mentales. Quiero decir, tengo que ir domesticando mi estado salvaje de alerta permanente al levantar una azucarera. Lo contrario sería insostenible. Vale destacar que en la noche duermo en un dormitorio aislado de todo.
De cualquier modo me convenzo que si estoy en este lugar, es porque no quise venir a cuestionar a nadie de dos o más patas, o con pelos en formas y colores que me resulten extraños. Estoy aquí para cuestionarme a mí mismo. Que en todo caso cuestione mi presencia la araña aterrada que finge estar muerta sobre una cerámica del baño para sobrevivir. Aunque el espacio es abierto, hay alguna ventana por donde una polilla gigante y oscura se da golpes de un modo sonoro y bruto, como si intentara matarse en cada choque. Primero la confundo con un murciélago, luego la empujo hacia la parte que está abierta para dejarla ser. En cada paseo con Lajas y Lupe, hay monos sobre mi cabeza. El primer día de caminata, la anfitriona me llevó a conocer el pueblo y en el camino de tierra se nos cruzó una boa. Y volvió a decir «no son venenosas».


Recuerdo que el primer día solo, al regresar de acompañar a la anfitriona a tomar el autobús, compartí un tramo de ruta con un amigo de ella, de Estados Unidos, que vive en la zona. Me aseguró que jamás volvería a vivir a su país superpotencia.
¿Y si Cabuya es un secreto para soñadores bucólicos que naufragan en el cemento?. ¿Y si sobrevivo a mis barreras y las fuerzas más exuberantes de la naturaleza me capturan en algún embrujo de sedentarismo verde?. En el final del perfil del anuncio de housesitting decía: «es probable que te enamores de este lugar caído del mapa». Imagino las arañas que consideran un baño en una casa tropical de Costa Rica como su lugar en el mundo, reaccionar aterradas de solo imaginar que este cuerpo de un metro ochenta y cuatro de alto se comportará como una especie invasora que disputa territorio.
*Hace un tiempo escribí un post similar mientras cuidaba una casa en la Alpujarra, España. Quiero decir que hay algo en común en cada casa que cuido en lugares apartados. Así que los invito a leer ese otro post para descubrir otro lugar único en el mundo. También pueden leer más sobre como funciona el sistema house sitting.

