La tendencia es viajar por Japón (cada vez más, mientras el país esté algo más barato que de costumbre). Ahora bien, viajar a Japón con un propósito puede convertirse en algo muy distinto a tan solo visitar templos, ciudades futuristas o paisajes famosos. Si estás planeando un itinerario en Japón, esa aventura puede tener un sentido mucho más temático, una experiencia casi literaria. Tal vez conoces de la vida y obra de Matsuo Bashō, un poeta que viajaba para inspirarse por algunos de los paisajes más emblemáticos de Japón. Matsuo Bashō es gracias a su obra uno de los poetas más reconocidos de la cultura japonesa. Por ello, seguir los pasos de los viajes de Matsuo Bashō puede ser absolutamente inspirador como forma conocer Japón. Bashō viajó más de 2,400 km por el norte del país, inspirándose en su recorrido para crear sus haikus.
Matsuo Bashō fue el poeta del siglo XVII que convirtió el viaje en una forma de escritura y la escritura en una forma de viajar. Su obra más célebre, Oku no Hosomichi (El estrecho sendero del fin del mundo), no es solo un diario de viaje: es una invitación a conocer como era el paisaje japonés tal como él lo apreciaba. Con una mezcla de contemplación, asombro y sensibilidad extrema. En sus famosos haikus, destacaba pequeños detalles efímeros que creaban atmósferas imaginarias perfectas con pocas palabras, tal como es la técnica haiku.
Por supuesto que en esa época los viajes de Matsuo Bashō no eran como turista, ni siquiera como peregrino tradicional. De hecho viajar suponía serios riesgos en el camino. Bashō viajaba como artista, para enfocar la percepción, para cultivar su alma y reflejar la esencia del Japón de esos tiempos. Sus viajes eran largos, y él, un caminante sin prisa. Buscaba estados del alma que solo el movimiento y el paisaje podían despertar. Por eso, recorrer hoy su ruta es una de las maneras más curiosas y profundas de conocer Japón, un viaje que podría ser completamente original desde el modo de organizarlo.
¿Quién fue Matsuo Bashō y por qué viajó tanto?
Bashō nació en el año 1644, y a grandes rasgos, comenzó su vida como samurái al servicio de un señor feudal, pero con el tiempo abandonó ese destino para dedicarse a la poesía. Justamente está considerado uno de los grandes maestros del haiku, esa forma de poesía breve que captura un instante con una potencia casi filosófica en muy pocas palabras. Bashō tuvo una etapa creativa experimentando la vida sedentaria. Pero ante una crisis existencial, emprende un viaje que lo cambia todo. Ese punto de inflexión hace que su obra no pueda separarse de sus viajes. Para Bashō, escribir estaba profundamente ligado con caminar, y en el trayecto inspirado con las observaciones que realizaba.
A pesar de que en esa época caminar por caminos solitarios podía ser peligroso, el periodo Edo, ofrecía cierta estabilidad política que permitía recorrer el país con cierta tranquilidad. Bashō lo hacía con mucha planificación: buscaba paisajes remotos, templos antiguos, caminos secundarios, pueblos en un estado de inmunidad ante los cambios que sucedían. Su idea era salir a buscar que el propio paisaje ayudara a despertar una sensibilidad más profunda.
El viaje de Oku no Hosomichi
En 1689, Bashō emprendió el viaje que lo haría inmortal, o al menos uno de ellos. Partió desde Edo (la actual Tokio) junto a su también famoso discípulo Sora. Recorrió durante meses el norte de Honshu, la isla principal de Japón. Ese trayecto dio origen a Oku no Hosomichi, una combinación de diario de viaje, poesía y reflexión.
¡Mariposa amiga!
¿Acaso no somos
dos seres errantes?
La ruta estaba diagramada como una secuencia de lugares cargados de historia, con un fuerte simbolismo espiritual y belleza estética. Bashō elegía sitios que ya tenían un peso simbólico en la tradición japonesa y los reinterpretaba con su mirada, para inmortalizarlos de forma magistral con su poesía.
Edo (Tokio): el punto de partida
Bashō partió desde Edo, donde vivía en una pequeña cabaña rodeada de plantas de plátanos, planta que dio origen a su nombre artístico. Hoy, en el barrio de Fukagawa, existe un pequeño museo dedicado a su figura y varios puntos señalizados que recuerdan el inicio de su viaje. Si viajamos a Japón, este es un lugar perfecto para comenzar esta ruta, no por su espectacularidad, sino por su carga simbólica: es el kilómetro cero de los viajes de Bashō.
Nikkō: espiritualidad y naturaleza
Uno de los primeros grandes destinos en sus días explorando Japón fue Nikkō, un complejo de templos en plena montaña, rodeado de bosques. Nikkō ya era famoso en su época por su belleza natural y su importancia religiosa, y hoy lo sigue siendo, así como un gran punto turístico no muy lejos de Tokio. Para Bashō, este lugar representaba perfectamente el tipo de lugar que buscaba: paisaje y espiritualidad.
Shirakawa y la frontera del “norte profundo”
Al cruzar Shirakawa, Bashō sentía que entraba en una zona menos civilizada, más remota. Este paso marcaba el ingreso al “Oku”, el Japón profundo y menos conocido. Para quien siga su ruta hoy, este tramo implica dejar atrás las zonas más transitadas y comenzar a moverse por regiones rurales.
Matsushima: el paisaje perfecto
Matsushima es para muchos uno de los entornos paisajísticos más bellos de Japón, con sus pequeñas islas cubiertas de pinos en la bahía. Y son más de doscientas. Bashō quedó profundamente impresionado por su belleza. Es de hecho uno de los pocos lugares donde su escritura parece quedarse sin palabras ante el paisaje. Actualmente es un sitio muy turístico, pero en horarios menos concurridos, al amanecer o al atardecer todavía puede experimentarse esa sensación de quietud que él describió.
Hiraizumi: ruinas y memoria
En Hiraizumi, Bashō visitó antiguos templos y ruinas que evocaban un pasado glorioso. Este lugar le inspiró reflexiones sobre la impermanencia, un tema central en su obra. Hoy estos templos son Patrimonio de la Humanidad y el área afortunadamente conserva esa atmósfera de sitio quedado en el tiempo.
La costa del mar de Japón: Sakata y Kisakata
A medida que avanzaba hacia el norte y luego hacia el oeste, Bashō recorrió zonas costeras menos conocidas. Sakata y Kisakata ofrecían paisajes marítimos salvajes, poco habitados, que reforzaban la sensación de estar en el “fin del mundo”. Estas zonas siguen hasta hoy siendo poco visitadas por el turismo internacional, lo que las convierte en paradas ideales para quienes buscan un Japón distinto y en cierto modo, más auténtico. Hoy Sakata es una gran ciudad portuaria.
Kanazawa, Fukui y Tsuruga: regreso por el oeste
El regreso se realizó por la costa del mar de Japón hacia el sur, pasando por Kanazawa y otras ciudades históricas. Kanazawa es hoy una ciudad imperdible por sus jardines, por su parte histórica. Sobre todo hoy es muy visitada en sus barrios de geishas, ya que era un centro cultural en tiempos de Bashō. Aquí el viaje vuelve lentamente hacia la civilización.
Ogaki: el final del trayecto
Aquel viaje tan mítico concluyó en Ogaki, donde Bashō puso fin a su recorrido. Este punto suele olvidarse, pero es interesante visitarlo como cierre simbólico de la ruta.
¿Existe hoy una ruta turística de Bashō?
En Japón existe lo que se conoce como el Bashō Trail o rutas inspiradas en Oku no Hosomichi. No es un sendero señalizado continuo, sino una serie de localidades que han incorporado la figura del poeta en museos, placas, senderos y centros culturales. Muchas ciudades del recorrido cuentan con mapas específicos para seguir sus pasos. Se atraviesan sobre todo hermosos paisajes rurales, bosques, montañas y sitios culturales, ofreciendo una inmersión en la atmósfera que inspiró al propio Bashō. Si bien hay tramos que pueden recorrerse a pie, otros se pueden hacer en tren, combinando modernidad con tradición.
Cómo recorrer hoy el Japón de Bashō
La mejor forma de seguir su ruta no es intentar replicarla exactamente, sino adoptar su búsqueda como propia. Y también su estilo: moverse lento, elegir trayectos regionales en tren, caminar por pueblos pequeños, detenerse frente a un paisaje y observar sin buscar la foto perfecta. Es un viaje ideal para personas curiosas, que disfrutan de lo sutil y lo aparentemente simple. En resumen se trata de ver Japón de otra manera.

El viaje como estado mental
Si queremos emular los pasos de Matsuo Bashō hay que entender que sus viajes eran un ejercicio de percepción y observación profunda. Sus haikus no describen grandes eventos, sino instantes mínimos: es famoso uno de sus versos: una rana saltando al agua, el sonido del viento, la luna sobre un campo.
Un viejo estanque.
Salta una rana,
El sonido del agua.
Viajar como Bashō implica aceptar que lo importante puede ser casi imperceptible. Que un camino secundario puede decir más que un monumento famoso. Que el viaje, también sucede en nuestro interior. Por lo tanto, para quienes buscan rutas especiales, inusuales y sobre todo, un viaje cargado de sentido, esta es una de las formas especiales de recorrer Japón. No como turistas, sino como caminantes atentos siguiendo los versos de un poeta eterno.
