Paisaje gemelo

Hace no tanto estaba con un grupo de fotografía en medio de un campo en la provincia de Buenos Aires. El atardecer daba un tono naranja a los pastizales, a las tranqueras, a los pájaros que volaban en bandadas. El aire cálido te abrazaba agradable mientras recorría la planicie. Después de caer el sol, cuando comenzó a bajar la intensidad de la luz, el aire se encendió de luces amarillas que titilaban en todas direcciones: nos rodeaban miles, o tal vez millones de luciérnagas.

A medida que oscurecía el paisaje, esas luces parpadeantes se intensificaban en cantidad. Fue absolutamente mágico e inolvidable. Pero quizás lo fue mucho más para mí que para quienes me acompañaban: mi infancia tuvo imágenes semejantes en el campo de la provincia de Buenos Aires, veranos de cielos inmensos, y noches con luciérnagas . Decidí alejarme solo un poco de la charla. Salté un alambrado y encontré un pequeño arroyo que reflejaba aún más esas luces duplicando la magia. Planté mi trípode y cámara para hacer fotos. Las luciérnagas solo dan su espectáculo un par de horas y desaparecen. Como aquellas noches de verano en la infancia, todo fue hermosamente efímero.

Hay lugares que uno no quiere que se alejen. Lo mejor es que no tiene que ser un paisaje épico, ni una postal de tapa de libro de fotografía. Puede ser un lugar simple, quiero decir, sin grandilocuencia geográfica ni geológica, ni siguiera tiene que ser lejano. Puede ser ese sitio común y corriente, el requisito es que te haga dudar de todo. Un flechazo total con el instante y el contexto del instante.

Yo tengo una teoría anotada como hipótesis: la llamo conjetura (?) de los paisajes gemelos. Seguro escucharon hablar de almas gemelas. Yo creo más en paisajes gemelos que almas gemelas, y lo de almas es tema para otro debate. Tengo una explicación teórica para ese algo que sucede con los paisajes que nos «enamoran».

Quizás, alguna vez leyeron la frase «La verdadera patria del hombre es la infancia», atribuida al poeta y novelista austríaco Rainer Maria Rilke. En la vida (o en mi vida) buscamos esos paisajes refugio, que nos dan calma, seguridad, y que nos retrotraen a un sitio que añoramos. La infancia fue en el mejor de los casos, ese tiempo en el que sucedían miles de cosas sorprendentes y asombrosas que intentábamos explicar.

Mi hipótesis: si la patria es la infancia, probablemente nuestro paisaje gemelo es ese lugar que nos retrotrae a esa época maravillosa en que cada día, cada despertar, era un nuevo comienzo lleno de magia, de expectativas. De repente al llegar a ese campo en verano al atardecer, y verlo estallar de luciérnagas, había regresado a ese refugio, el antiguo hogar donde se disparan sensaciones apacibles, cuasi felices como por arte de magia.

La ciencia dice que hay cierta predisposición a buscar en nuestras «almas gemelas» rasgos parecidos a los de nuestros padres. Tal vez con un sentido similar, buscamos en la naturaleza, en la ciudad, en un pueblo, aquel espacio que se parece a esa magia de la infancia (en el caso de haberla experimentado de ese modo, claro).

Intuyo que algo de eso hay en la sed viajes. Cuando llegamos a un lugar nuevo, revivimos esa sensación de asombro y curiosidad permanente, esa magia que en definitiva nos hace sentir completamente vivos. Los paisajes, hasta pueden invadirnos por el tacto, el olfato. Ese es el sentido de cerrar los ojos mientras estamos despiertos y conectarnos de otro modo. Cuando nos desplazamos grandes distancias, no tengo dudas que batallamos contra la monotonía. El sentido de caminar tal vez no es otro que el de intentar, incansablemente, que en nuestras vidas sucedan permanentemente cosas diferentes.

Mis paisajes gemelos siempre persiguen aquellos veranos, por eso un buen comienzo sucede al sentir la brisa tibia sobre la piel de los brazos y piernas desnudas. Aunque me asombre y emocione por la grandilocuencia de la naturaleza en sitios como las cataratas del Iguazú, por los fiordos neozelandeses, o la vanidad despojada del desierto marroquí, la paradoja es que me puede un pastizal pampeano que exagera llanura. Un tero que ataca mientras camino, el olor de la tierra mojada en las primeras gotas de una tormenta inesperada que estalla al atardecer. La sensación de alivio cuando refresca el aire mientras una casa lejana y montes dispersos interrumpen sin mucho ímpetu la linealidad del horizonte. Mi paisaje gemelo será siempre esa simbiosis que me hace añorar un tiempo que ya no existe rodeado de campos infinitos, mi mundo común y «corriente». No lo cambiaría por nada.

Imagino que cada quien tendrá su paisaje gemelo, un sitio en el que solo al posar los pies hará que se mueva algo en nuestro interior en apenas unos segundos. Lo más idílico, no es tanto habitarlo para siempre, sino creer que existe ese paisaje de mil formas para buscarlo en mil lugares diferentes. Caminar hacia tus paisajes gemelos, encontrarlos en sitios inesperados, una y otra vez. En cada hallazgo revivir ese niño curioso que alguna vez fuimos, librar esa batalla poética contra la monotonía sin descanso. Soñar nuevos lugares, inspirarnos a dar pasos y avanzar, sentirnos plenos mientras afrontamos la difícil aventura de vivir sin que solo se trate de respirar.

*Imagen ilustrativa via Pixabay

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4 comentarios de “Paisaje gemelo

  1. Emma Murillo dice:

    Querido Mati, siempre, siempre, siempre me enamoran tus narraciones 🤗 como plasmas en tus notas todas las emociones que experimentas en tus viajes y al contemplar cada lugar que visitas, me has puesto a pensar en mi paisaje gemelo y en particular pienso en dos lugares maravillosos de mi infancia, uno era cuando me sentaba frente al mar en los atardeceres en mi tierra querida Veracruz, México, el quedarme hipnotizada con el azul del cielo y la inmensidad del mar, ahora en los lugares por dónde tránsito siempre trato de encontrar ese cielo de un azul tan peculiar como el de aquellos tiempos. Y mi segundo lugar era mirar en las noches el cielo estrellado del campo cuando lo cubría una oscuridad inmensa cuando iba a visitar a mi abuela en un rancho, disfrutaba aquellas noches el cielo lleno de estrellas y parecía que no cabía una más en esa inmensidad, era maravilloso! Gracias por hacerme recordar esos momentos con esta narrativa que nos compartes… 🙏🏼

  2. Marcela Ángel dice:

    Que bello es recordar esos paisajes de la infancia que nos hacen vivir esas epocas de travesuras y descansos. Gracias por compartir este sentir, como siempre es un placer leerte!

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