El gen wanderlust

Debería dejar de pensar que todo el mundo siente pulsión por viajar. Es un error. Todos conocemos gente, amigos, familiares, que hasta sienten terror al imaginarse solos en un lugar desconocido, sin poder comunicarse en su idioma y lejos de sus afectos o de algo que les de un mínimo de seguridad. Yo mismo he luchado contra mis miedos antes de largarme a viajar. Quería saber del mundo, eso lo tenía claro. Pero también tenía mis cadenas atadas a rocas, incluyendo mi miedo a volar, o mi cerebro alertándome de miles de riesgos (algunos racionales, y otros ni tanto).

Finalmente el ansia de viajar y conocer más allá de mi territorio conocido le pudo ganar al miedo (un buen resumen que lo hace parecer fácil cuando no lo fue). Lo que quiero decir, es que tengo muy presente que así como muchos no desean moverse nunca, tantos sentimos algo que no podríamos explicar con pocas palabras: esas ganas irrefrenables de largarse lejos y explorar mundo, como una pulsión que no sabemos bien de donde nace pero que parece nunca muere. 

A lo largo de la historia, la pasión del ser humano por explorar hasta el último rincón del planeta hasta completar los mapas, y una vez completos seguir explorando, llegar a los polos, escalar las montañas más altas, o sumergirse a los puntos más profundos del océano, sin dejar de pisar las islas más remotas debería tener una explicación. Me refiero a que uno puede sospechar que hay algo detrás de esa obsesión imparable por conquistar sitios que parece imposibles.

Evidentemente los humanos como generalización y como especie, estamos obsesionados por descubrir, ver y entender lo que sucede en cada rincón del planeta y más allá. Incluso por llegar a sitios a los que no tenemos ninguna necesidad de pisar: llegar a Marte nada tiene que ver con satisfacer nuestras necesidades más básicas. Son innumerables las veces a lo largo de la historia en que mujeres y hombres arriesgaron sus vidas por llegar lejos, una pulsión que no asegura ninguna recompensa ni parece tener a priori ningún sentido racional. 

Con diferentes dosis, la curiosidad y ganas de aprender es parte de nuestros rasgos como especie, y está presente en cada uno de nosotros. Sin curiosidad hubiese sido imposible que lleguemos a vivir y sobrevivir en cada región del planeta, en cada clima, en los lugares más aparentemente inhóspitos. 

Esa pulsión exploradora está en estudio en disciplinas tan variadas como la antropología, o la genética: en concreto, hay una línea de investigación científica que debate si la respuesta a todo ese impulso explorador, a la razón de esa “locura” tal vez se encuentre en nuestro genoma. 

En ámbitos científicos y en investigaciones se ha nombrado una variante de un gen llamado DRD4 que se relaciona con la curiosidad, la inquietud, y en términos más ilustrativos, con esa pulsión por “comernos el mundo”. Esta variante se menciona asiduamente como resultado de una mutación, un gen que sería capaz de acentuar nuestro impulso por aprender y comprender todo lo que nos rodea. Se estudia si desempeña un rol más que importante en el control de la dopamina, ese mensajero químico del cerebro que estimula el aprendizaje y sirve como mecanismo de recompensa a nivel cerebral cuando accedemos a un nuevo conocimiento. 

Esta variante del gen conocida como DRD4-7R está presente en el 20% de los humanos (eso explicaría la razón por la que no a todos nos resultaría tan impulsiva la idea de viajar y llegar a mundos lejanos). El gen DRD4-7R se asocia frecuentemente con la acentuación del espíritu curioso y la mayor capacidad de asumir riesgos para satisfacer esa curiosidad. Por ejemplo, podría estar relacionado con esa propensión al movimiento, a asimilar de forma positiva nuevas ideas afectando incluso nuestro comportamiento social en aspectos muy variados, incluyendo la propensión a desplazarnos. 

El primero de estos estudios genéticos más completos fue realizado en el año 1999 en la Universidad de California y liderado por Chuansheng Chen. En los resultados se ha comprobado que la mutación del gen 7R está más presente en muchas de las culturas migratorias, como por ejemplo los humanos que ingresaron a América del Norte desde Siberia, en comparación con las culturas de tradición más sedentarias. Este estudio fue realizado de forma más amplia en el año 2011 confirmando que esta mutación junto con otra variante (2R) suele estar más presente en poblaciones con mayor tradición nómade a lo largo de miles de años. 

Seguro conocemos la idea del efecto mariposa y las proyecciones realizadas por Edward Lorenz en sus simulaciones meteorológicas para describir a este efecto: un mínimo cambio que produce un enorme cambio. Equiparemos esta mutación del DRD4-7R al aleteo de una mariposa, a esas mínimas diferencias decimales que en el cálculo de Lorenz desencadenaron “el caos”. Una mutación genética que en términos evolutivos acelera la conquista que como especie realizamos en cada rincón del planeta (que a su vez tiene otras consecuencias). El impulso hacia la experimentación, la apuesta a la aventura sin medir demasiado el riesgo, la respuesta al llamado de la curiosidad, todos factores que sirven a la aceleración de forma exponencial del ritmo de los avances y descubrimientos. 

Este gen podría ser uno de los más relevantes aleteos de mariposa (genéticamente hablando) que ha acelerado el hermoso caos.

Claro que sería más que reduccionista atribuir el espíritu explorador del hombre a un único gen. Hay una serie de rasgos evolutivos que demuestran en el ser humano una propensión a potenciar la destreza, y en consecuencia la exploración. Esto sin olvidarnos de la creatividad que permite un cerebro capaz de pensar con la imaginación. Sin todos estos rasgos que se potencian unos a otros sería imposible explicar el modo que la especie humana puede adaptarse a su medio ambiente, conocerlo, y explotarlo en su beneficio para su éxito en términos evolutivos. Y de confirmarse cada vez más estas premisas, este gen sería uno de los tantos factores que inciden en el espíritu explorador del ser humano. 

La cualidad imaginativa y el espíritu curioso del hombre es innegable, y muchas veces el idioma y las palabras se anticipan en eso de designar rasgos o características humanas, además de desplegar mitos que reflejan saberes que aún no sabemos explicar del todo. 

En el idioma español existe el término dromómano, una palabra que significa “la inclinación excesiva u obsesión patológica por trasladarse de un lugar a otro” (según la Real Academia Española). Por tanto quienes presentan este rasgo serían dromómanos. Es una palabra poco referenciada pero no deja de resultar hermosa: yo tengo mucho reparo en hablar de compulsión por viajar como una patología, en todo caso sería una de las obsesiones más hermosas que padecer. Algo así como el “viajero obsesivo compulsivo”. Al mismo tiempo no existe una adicción a los viajes como tal.

Hoy en día es relativamente fácil viajar con un poco de ingenio y un presupuesto mínimo (siempre que uno pueda estar dispuesto a sacrificios). No hay gran dificultad para encontrar cantidad de guías, blogs (o vlogs), gente activa en redes sociales que desde el lugar de “influencers” incitan a viajar y hasta largarse a vivir una nueva vida nómade gracias a las herramientas digitales. 

En cuanto a las explicaciones científicas, sumemos al supuesto «gen viajero» el pensar que todas nuestras pulsiones como casi todo en nuestra vida, sea una búsqueda constante de golpes de dopamina. Incluso en las distintas etapas de un viaje: al comprar un billete de avión, o al acercarse la fecha, y sobre todo al poner los pies sobre un destino por primera vez esos golpes de dopamina serán una parte de la recompensa. Viajar como una de las formas más hermosas, enriquecedoras y románticas de regalarnos suculentos golpes de dopamina. Y algo más, recordar un viaje también nos da unos golpes de dopamina, de allí que se dice que es una de las mejores inversiones.

Esta palabra (dromómanos) tiene una versión algo equivalente en el idioma alemán mucho más difundida en tiempos de millenials (y con bastante más exito en redes sociales): Wanderlust

Mientras dromómano es una palabra de alcance más reducido o para entendidos, wanderlust es un exitoso hashtag en Instagram, además de una palabra tatuada en cuerpos con todo tipo de tipografías inspiradoras, o incluso el nombre de un festival itinerante en Estados Unidos. Wanderlust se refiere a una irresistible pasión por moverse (“wandern” significa vagar, y “lust” pasión). 

Como en todo habrá una grieta entre detractores y defensores del concepto. Así como esta palabra y el sentimiento que representa tiene una connotación muy positiva entre el colectivo viajero, para los escépticos del wanderlust, el consumidor de viajes compulsivo tiene en cambio un costado hedonista e individualista (no voy a ser tibio, que visión más amargada y sesgada). 

Pero si de deslindar responsabilidades se trata, y si nos inclinamos a la versión científica, tal vez el wanderlust (o la tendencia dromómana) esté muy ligada con el dichoso gen DRD4-7R. O más aún, ligado con esa conmovedora capacidad humana por explorar lo desconocido, imaginar lo que siempre aparenta ser imposible y terminar superando barreras (no sin fracasos). Una pieza de nuestro genoma que impulsa a abrir puertas a cambios notables en la evolución del conocimiento y en la forma en que vivimos suena demasiado bonito. La idea de un viaje termina de cerrar cuando neutraliza cualquier miedo, y estos sentimientos, pasiones o pulsiones seguramente tienen mucho que ver. 

Hay otra palabra muy bonita también del alemán: Fernweh. Es una palabra en la línea de wanderlust, que literalmente, significa «dolor por no presenciar lugares distantes”, lo contrario de sentir nostalgia por el terruño cuando estamos lejos. 

Fernweh está relacionado con ese deseo de explorar, pero designa a ese sentimiento de sentir nostalgia por aquello que está lejos y que anhelamos conocer. Sin embargo la palabra wanderlust, que llega a mis oídos cuando me vuelvo un alma itinerante en viaje constante, es la que mejor me define. 

Cuando hablamos de wanderlust, de dromómano, Fernweh, una mirada más científica nos dirá que ahí detrás está el gen DRD4-7R, que nuestras dosis de dopamina nos van dando sus golpes para convertirnos en el mamífero más inquieto que existe sobre el planeta tierra.

Y aún, cuando el último rincón del planeta sea relevado con lupa, el rincón más profundo en la fosa de las Marianas sea explorado mil veces, o el pico más alto del mundo sea escalado por miles de alpinistas (que no dudan en hacer fila con temperaturas gélidas para hacer cumbre), jamás nos detendremos. Hay miles de relatos, crónicas de viaje, películas, sobre hallazgos y descubrimientos que nos conmueven. Y de cualquier modo siempre será mejor vivirlo en nuestra propia piel, verlo desde nuestra óptica, conmovernos in situ. Parece que muchos de los mejores golpes de dopamina están esperando lejos de casa.

(Epílogo: en cuanto mis sospechas, creería que evidentemente alguna carga de gen DRDR-7R llevo en mi mapa genético)

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